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¿Hay o no alternativa a la confrontación en la relación China-EEUU?

Análisis, 28 de julio de 2020

Las importantísimas relaciones China-EEUU se enfrentan a una espiral de serio deterioro. A las querellas comercial, tecnológica, etc..., se ha añadido la diplomática con el anunciado cierre obligado y recíproco de los consulados de Houston y Chengdu. Todo apunta a que los próximos meses, al menos hasta las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos, las cosas solo pueden ir a peor. La sombra de una nueva guerra fría asoma en el horizonte. ¿Vamos hacia la confrontación total e irreversible o es posible aliviar las tensiones?

Un grupo de expertos del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada ha debatido sobre esta cuestión para determinar si no hay otra opción que el puro enfrentamiento entre ambas potencias o es posible otra alternativa que supere esta tensión. Para empezar, un poco de contexto.

El acercamiento entre China y EEUU se orquestó en los años 70. Con la visita de Nixon a China en 1972 se reformuló la estructura geopolítica de la región de Asia-Pacífico, afectando al curso de la guerra fría que EEUU mantenía entonces con la extinta URSS. EEUU jugó hábilmente al utilizar el potencial de China para enfilar más baterías contra la Unión Soviética. Durante mucho tiempo, en Washington se creyó que el desarrollo de la economía china bajo su influencia conduciría a la liberalización política. Sin embargo, no ha ocurrido así. El actual liderazgo chino se reafirma en sus “características propias” frente a los “valores occidentales” y sustenta su diferenciada identidad política en una economía que amenaza con superar a la estadounidense en pocos años.

La enorme transformación que vivió China en las últimas cuatro décadas ha alcanzado gradualmente el punto crítico de la tolerancia estratégica de EEUU. Sin embargo, el hecho de que China se esté convirtiendo en un país cada vez más importante no necesariamente debiera interpretarse como una maniobra conspirativa para derrocar el liderazgo global estadounidense, opinan algunos. En una sociedad enorme y con muchísimos problemas por resolver aún en función de sus considerables dimensiones y desequilibrios de todo tipo, los números absolutos solo informan de una parte de esa realidad.

En el mundo occidental hay quien cree que EEUU no dispone de la capacidad para aplastar a la China de hoy y que, además, es un error de juicio considerar que la naturaleza diferente de su ideología (que se nutre de diferentes acervos históricos nacionales) significa que necesariamente apueste por un expansionismo agresivo que vaya más allá de la conjura de sus riesgos estratégicos. Otros, sin embargo, estiman que esta visión de China está desactualizada.

¿Desavenencia perpetua o convivencia pragmática?

En el ámbito académico chino, por ejemplo, señalan los expertos del Instituto Coordenadas, aumentan las advertencias sobre los efectos del cara a cara, señalándose que comporta un serio riesgo para el Partido-Estado. No se trata de críticas de la disidencia sino del entorno de los veteranos del Partido o de figuras institucionales relevantes con influencia en la definición de políticas. El acento se pone en dos elementos: a) la generación en el poder es más arrogante y menos cautelosa; b) el surgimiento de Donald Trump, con un entorno asesor que representa la antítesis de Kissinger, Brzezinski y otros que ayudaron a conformar las relaciones bilaterales en los últimos 40 años. La confluencia de ambas direcciones puede deparar resultados inesperados, dicen.

Cheng Li, originario de Shanghai e investigador en la Brookings Institution, advierte desde hace tiempo que el poder político de Xi Jinping no es tan sólido como se piensa. En la misma línea habría que situar al relevante sinólogo estadounidense David Shambaugh, que ha advertido sobre lo aparente de la solidez y fuerza del Partido Comunista. Cheng Li refuta el análisis de David Shambaugh en el sentido de que las contradicciones en el liderazgo, con ser importantes, no amenazarían su estabilidad y orientación. Pero ambos, en cualquier caso, comparten la idea de mantener como prioridad para EEUU el establecer una convivencia estratégica de largo plazo con China buscando integrarla en el orden occidental.

Por su parte, algunos influyentes veteranos del Partido reprochan al líder Xi Jinping que en el ámbito interno deje muy escaso margen para la expresión de la discrepancia, tendencia que había evolucionado lenta pero positivamente durante la época de Deng Xiaoping; y en el exterior, el haber agitado demasiado la fibra nacionalista para consolidar y encumbrar su poder. Shi Yinhong, por ejemplo, consejero de Estado y director del Centro de Estudios de EEUU en la Universidad de Beijing, apunta a la necesidad de considerar con atención los sentimientos de otros países y reclama la adopción urgente de “ajustes”. Shi Zhan, director del Centro de Estudios Estratégicos Internacionales en la Universidad de Asuntos Exteriores, entidad que forma a todos los diplomáticos chinos, pone en guardia al Partido contra las muestras de nacionalismo desbocado que a su entender viene expresando la diplomacia china. La idea general que trasladan es que una actitud internacional muy agresiva pone en grave riesgo las relaciones exteriores chinas y por ello conviene ser “consciente de los límites”.

En EEUU sigue vivo el eco de la carta abierta del verano de 2019 suscrita por más de 80 expertos, empresarios, intelectuales, antiguos diplomáticos y militares (entre ellos Ezra Vogel, Joseph Nye o Kenneth Lieberthal) insistiendo en que China no es un enemigo y estableciendo la máxima de que la degradación de estas relaciones no sirve a los intereses globales de EEUU. Según los firmantes, no existe ninguna amenaza de seguridad existencial como para exigir el nivel de respuesta que se está articulando desde la Casa Blanca. El temor a que China reemplace a EEUU en el rango de primera potencia global es exagerado y el obligar a los países aliados a tratar a Beijing como un enemigo comporta el riesgo de infligir graves daños a esa relación e incluso de aislar a EEUU.

Los críticos resumen su ideario en cinco puntos: privilegiar las coaliciones sólidas y durables; aprehender mejor las intenciones de China, sus objetivos y su comportamiento; asegurarse de que las acciones de EEUU y sus aliados corresponden a sus objetivos políticos y sus intereses; reforzar la capacidad de EEUU para seguir actuando como modelo para terceros; privilegiar la cooperación con los demás países y las organizaciones internacionales más que intentar frenar la inserción de China en el mundo.

Unos y otros confían en abrir paso a alternativas que pongan coto a una confrontación que amenaza con enrarecer gravemente la atmosfera mundial.

SOBRE EL INSTITUTO COORDENADAS DE GOBERNANZA Y ECONOMIA APLICADA

Instituto de pensamiento e investigación de la interacción entre gobernanza y economía aplicada para avanzar en constructivo y en decisivo sobre el trinomio: bienestar social, progreso económico con justicia social y sostenibilidad ambiental; en pleno entorno evolutivo sin precendentes desde finales del Siglo XVIII y principios del XIX con la revolución industrial. Fiel a sus principios fundacionales de independencia, apartidismo y pluralidad, el Instituto lidera proactivamente la fusión entre la esencia y la innovación de la liberalización económica, como mejor modelo de afrontar los retos presentes y futuros de país, de Europa y del mundo.

NOTA DE INTERÉS: La información de este comunicado de prensa es un resumen de interés público proveniente de trabajos de análisis e investigación; de grupos y sesiones de trabajo de expertos y/o producción de artículos científicos del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada. Los documentos originales y completos son de uso interno y de titularidad exclusiva del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada.

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