A comienzos del siglo XVI, España se enfrentó a un desafío que ninguna otra potencia había conocido. El descubrimiento de América y la incorporación de nuevos territorios planteaban cuestiones completamente inéditas: ¿qué derechos tenían sus habitantes?, ¿podía un rey ejercer autoridad sobre pueblos desconocidos?, ¿existían límites para la conquista?, ¿era legítima toda guerra?, ¿qué normas debían regir las relaciones entre naciones?

La respuesta no fue únicamente política. Fue también intelectual.

Una revolución intelectual nacida en España

En la Universidad de Salamanca surgió un grupo extraordinario de teólogos, juristas y filósofos que decidió abordar estas cuestiones desde la razón, el derecho y la ética. Lo que comenzó como una reflexión sobre los desafíos del Nuevo Mundo terminó convirtiéndose en una de las aportaciones más influyentes del pensamiento político y jurídico occidental.

Por ello, numerosos historiadores consideran hoy a la Escuela de Salamanca como uno de los principales antecedentes del Derecho Internacional moderno.

Cuando el poder aceptó ser cuestionado

La gran originalidad de la Escuela de Salamanca fue que no partía de una idea revolucionaria para su tiempo: el poder del rey no era absoluto.

Pensadores como Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Melchor Cano, Martín de Azpilcueta o Francisco Suárez defendieron que toda autoridad estaba sometida a principios superiores de justicia y derecho natural.

La dignidad de la persona no dependía de su religión, de su origen o de su condición política. Todos los seres humanos compartían unos derechos inherentes que ningún gobernante podía ignorar.

Esta afirmación, aparentemente evidente en la actualidad, suponía una profunda innovación en la Europa del siglo XVI.

Por primera vez se elaboraba una teoría sistemática sobre la legitimidad del poder basada en principios universales y no únicamente en la voluntad del soberano.

El nacimiento del Derecho entre las naciones

Francisco de Vitoria dio un paso decisivo al formular una idea revolucionaria: las relaciones entre los pueblos debían regirse por normas comunes.

Ningún Estado podía actuar sin límites simplemente por ser más fuerte.

La guerra solo podía justificarse en circunstancias muy concretas; los pueblos conservaban derechos propios; el comercio, la navegación y las relaciones internacionales debían desarrollarse conforme a principios compartidos de justicia.

Con estas ideas comenzó a configurarse lo que posteriormente se conocería como el ius gentium o derecho de gentes, considerado por muchos especialistas como uno de los antecedentes directos del Derecho Internacional contemporáneo.

Siglos más tarde, autores como Hugo Grocio desarrollarían muchas de estas cuestiones en un contexto europeo diferente. La influencia de la Escuela de Salamanca sobre esa evolución sigue siendo objeto de estudio por parte de la historiografía.

Mucho más que Derecho Internacional

La aportación salmantina fue mucho más amplia.

Martín de Azpilcueta formuló algunas de las primeras explicaciones sobre la relación entre la cantidad de dinero en circulación y los precios, anticipando conceptos fundamentales de la teoría monetaria.

Domingo de Soto reflexionó sobre la justicia social y la pobreza.

Francisco Suárez desarrolló una profunda teoría sobre la soberanía política, la comunidad internacional y el origen del poder civil.

En conjunto, la Escuela de Salamanca abordó cuestiones que hoy relacionamos con el Derecho, la Economía, la Filosofía Política, la Ética y las Relaciones Internacionales.

Su influencia se extendió por las universidades europeas durante los siglos XVI y XVII, convirtiéndose en uno de los grandes focos intelectuales de la Edad Moderna.

Cinco siglos de vigencia

Hoy, principios como la igualdad jurídica entre los Estados, la dignidad inherente de toda persona, la limitación del poder político, la protección de los derechos fundamentales o la necesidad de normas comunes para resolver conflictos forman parte del funcionamiento de organizaciones como las Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia o numerosos tribunales internacionales.

Naturalmente, esas instituciones son el resultado de una evolución histórica compleja en la que intervinieron múltiples tradiciones jurídicas y filosóficas. Sin embargo, resulta difícil comprender esa evolución sin reconocer la contribución realizada por la Escuela de Salamanca.

España no fue únicamente protagonista de la primera globalización desde el punto de vista político y geográfico. También fue uno de los grandes centros donde comenzó a elaborarse el pensamiento jurídico que permitiría ordenar aquella nueva realidad internacional.

Ese es, probablemente, uno de los legados más universales de la Hispanidad. Mientras el mundo se hacía cada vez más grande e interdependiente, un grupo de pensadores españoles se preguntó qué principios debían garantizar la convivencia entre pueblos, culturas y naciones. Cinco siglos después, muchas de aquellas preguntas siguen siendo las mismas y buena parte de las respuestas continúan inspirando el Derecho Internacional contemporáneo. Conocer esa aportación no supone atribuir a España la creación exclusiva de este orden jurídico, sino reconocer que desempeñó un papel pionero y decisivo en una de las transformaciones intelectuales más importantes de la historia moderna.

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