En septiembre de 2013, en Buenos Aires, el Comité Olímpico Internacional escogió a la ciudad de Tokio como anfitriona de los Juegos Olímpicos de 2020, imponiéndose a las pretendientes Estambul y Madrid. Nadie imaginó el dolor de cabeza que les terminaría generando el virus (Sars-Cov2) y su famosa enfermedad (Covid-19). ¿Cancelar o seguir adelante? En esta tesitura se han visto en numerosas ocasiones en los últimos meses tanto el Gobierno japonés como el Comité Olímpico Internacional (COI). Un grupo de expertos del Instituto Coordenadas de Gobernanza y Economía Aplicada analiza todo este entramado olímpico, social, económico y político.

Aun en mayo último, el Colegio Médico de Tokio respaldaba las proclamas para cancelar los Juegos. Argumentaban que los hospitales estaban abarrotados de pacientes y no se podían redirigir esfuerzos. En junio, luego de una cumbre de sus líderes en Cornualles (Reino Unido), el G-7 anunciaba unánimemente el apoyo a la celebración de los Juegos de Tokio. Ya no había vuelta atrás. Los juegos se celebrarían aunque los propios japoneses no pudieran asistir personalmente a ellos. 

Los Juegos Olímpicos de Verano 2020, pospuestos hasta 2021 por causa de la pandemia, han abierto una sustancial brecha en la opinión pública mundial en medio del temor a los efectos de un nuevo brote de Covid-19 y a las nuevas variantes del virus. La propia sociedad japonesa se ha mostrado mayoritariamente en contra de la celebración por estrictas preocupaciones de salud pública. Según una encuesta de Ipsos, ocho de cada diez encuestados en Japón considera una temeridad que las Olimpiadas se celebren. Y en un total de 28 países, hasta un 57 por ciento de los entrevistados manifestaron su contrariedad por esta decisión en tanto la pandemia no se haya controlado, siendo la surcoreana la más alta de todas, con un 86 por ciento de oposición. Un escenario inédito. Los JJOO siempre han sido sinónimo de ilusión.

Pese a estos avatares, la organización decidió seguir adelante, superando contratiempos y hasta escándalos, con dimisiones y ceses por motivos varios. La modalidad resultante es la de unos juegos un tanto tristes, sin público, en medio de un estado de emergencia, con clausura de sitios públicos y un formato general muy limitado para controlar los  impactos de las hipotéticas infecciones por coronavirus. Algunos países –pocos- declinaron participar (como Corea del Norte o Guinea). Tampoco estará Rusia, por sanción.

Para los atletas, sin embargo, la celebración de los juegos representa una buena noticia. Es la culminación de un esfuerzo de varios años y deberían transmitir a la humanidad esa voluntad de triunfo sobre la pandemia o cualquier otra calamidad. En cualquier caso, habrá que esperar al final. Hasta la jornada de clausura, no estaremos en condiciones de afirmar que el olimpismo ha conseguido vencer al coronavirus. La victoria no está asegurada y las cautelas se han extremado para evitar los riesgos, en especial, la detección de casos entre los participantes, lo cual dañaría severamente la imagen de Japón en el mundo y podría derivar en una crisis política de gran alcance en el país. Por el momento, se contiene: crece el número de contagios de Covid-19  pero según Kyodo News, hasta ahora se han registrado un total de 87 casos positivos entre atletas y personal de la organización.

Yoshihide Suga, primer ministro japonés, en la picota

La situación de la pandemia en Japón es compleja. Los contagios van en aumento pero el país, en general, ha tenido un número de casos relativamente bajo y la cifra de muertos ronda los 15.000. Lo más llamativo es que la aplicación de las vacunas sigue siendo lenta. Poco más del 20 por ciento de la población ha recibido las dosis requeridas.

Con tal estado de cosas, se explica la reserva de la sociedad japonesa. Nadie quiere correr el riesgo de abrir el país a miles de extranjeros cuando la variante Delta parece encontrarse en su mayor apogeo propagador. Y a ello se suma el recelo por la insuficiencia del personal sanitario que ahora tendrá que afrontar a mayores el dispositivo olímpico. Muchos temen que el desarrollo del evento absorba los recursos médicos que demanda la última ola.

El primer ministro Yoshihide Suga se encuentra en la picota. Ha desoído las peticiones para la cancelación definitiva o un nuevo aplazamiento. Sus índices de aprobación están bajo mínimos. Contrariamente a lo esperado, los Juegos Olímpicos, llamados a expresar un nuevo impulso, se han convertido en una pesadilla. Que cuesta dinero: el costo adicional de posponer ha sido calculado en cerca de 3.000 millones de dólares. Pero peor sería una anulación, que en Tokio sería la segunda tras la decretada en 1940 por causa de la Segunda Guerra Mundial. Aun así, la burbuja inmobiliaria olímpica -la construcción de hoteles y restaurantes a toda costa- se ha desinflado con la desaparición de los turistas extranjeros que nunca han llegado ni llegarán. Y las deudas se están acumulando.

Tomar la decisión de cancelar los Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Tokio podría haberle costado a Japón unos 1,81 billones de yenes (13.560 millones de euros), según estimaciones hechas por el Instituto de Investigación Nomura. Con la competición deportiva celebrándose sin público, los beneficios generados se estiman en unos 1,66 billones de yenes (15.240 millones de euros).

Al balance económico hay que añadir el notable incremento del coste de los Juegos respecto al presupuesto inicial, al punto de convertirse en los más caros de la historia con unos 13.000 millones de euros, más del doble de lo esperado cuando arrancó el proyecto y un 21% más por culpa de la pandemia y sus gastos imprevistos.

Los principales patrocinadores del evento, que se debaten entre aprovechar la fiesta olímpica para proyectar su imagen en el mundo y la solidaridad con la población, han enjugado el revés de su celebración a puerta cerrada. Optando por una presencia discreta, las principales empresas (Toyota, Panasonic, Fujitsu, NTT, Asahi, etc.), han tomado distancias en previsión de una publicidad negativa en caso fiasco que podría arrastrarles junto al Gobierno y al COI.

En el continente chino se acompañan estas vicisitudes con la mirada puesta en los Juegos de Invierno, a celebrar en Beijing en febrero de 2022.

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