En un contexto marcado por conflictos armados, rivalidades entre grandes potencias y una preocupante fragilidad financiera del organismo, la designación del sucesor de António Guterres no será simplemente un relevo institucional, sino una decisión cargada de implicaciones geopolíticas.
Aunque aún no hay fecha oficial para la votación, el proceso ya ha comenzado de facto con la aparición de varios candidatos y el posicionamiento de actores clave. La Secretaría General, a menudo descrita como el “rostro visible” del multilateralismo, se convierte así en un campo de disputa donde se proyectan intereses nacionales, equilibrios regionales y visiones contrapuestas sobre el orden global.
Los candidatos: perfiles y simbolismo
Cuatro figuras destacan actualmente en la carrera:
- Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y ex Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, representa una candidatura con fuerte perfil político y experiencia en gobernanza y derechos humanos. Su eventual elección sería coherente con las demandas de rotación regional y de género, ya que América Latina no ha ocupado recientemente el cargo y nunca una mujer ha sido secretaria general.
- Rafael Grossi, actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, aporta un perfil técnico y una trayectoria en materia de no proliferación nuclear, un ámbito crítico en la coyuntura actual.
- Rebeca Grynspan, secretaria general de la UNCTAD, se presenta como una figura con credenciales en desarrollo económico y cooperación internacional, temas centrales ante la crisis financiera de la organización.
- Macky Sall, expresidente de Senegal, encarna la aspiración africana de acceder a la Secretaría General, en un momento en que el continente reclama mayor peso en la gobernanza global.
Más allá de sus trayectorias, cada candidatura refleja equilibrios regionales y prioridades políticas. Por ejemplo, América Latina busca consolidar su presencia, África reivindica representación, y las potencias observan con atención quién podría resultar más funcional a sus intereses.
El proceso de nombramiento, entre la formalidad y el poder real
El procedimiento para elegir al secretario general combina formalidad institucional con una intensa negociación política. De acuerdo con la Carta de la ONU, el Consejo de Seguridad recomienda a un candidato, que posteriormente debe ser ratificado por la Asamblea General.
Sin embargo, el elemento decisivo reside en el poder de veto de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido. Cualquiera de ellos puede bloquear una candidatura, lo que convierte el proceso en un ejercicio de equilibrio entre las grandes potencias.
En la práctica, esto implica que el candidato final suele ser aquel capaz de generar el menor nivel de rechazo entre estos actores. No se trata tanto de elegir al más brillante, sino al más aceptable para todos. Las rondas de votación informales -los llamados “straw polls”- permiten medir apoyos y vetos potenciales antes de la decisión final.
Las declaraciones del embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, subrayan esa realidad en la que Washington no oculta su intención de respaldar a un candidato alineado con sus intereses, lo que añade presión a un proceso ya de por sí altamente politizado
Poder, mandato y funciones
El secretario general es nombrado por un mandato de cinco años, renovable habitualmente una vez. Aunque formalmente carece de poder coercitivo, su influencia radica en una combinación de autoridad moral, capacidad diplomática y control administrativo.
Entre sus funciones destacan: actuar como mediador en conflictos internacionales, representar a la ONU en la escena global, supervisar el funcionamiento de la Secretaría y sus agencias o alertar al Consejo de Seguridad sobre amenazas a la paz y la seguridad internacionales.
El margen de acción del secretario general depende en gran medida de su habilidad para navegar las tensiones entre los Estados miembros, especialmente las grandes potencias. Figuras como Dag Hammarskjöld o Kofi Annan demostraron que el cargo puede adquirir un peso significativo cuando se combina liderazgo personal con circunstancias favorables.
Una elección con significado geopolítico
La elección de este año se produce en un contexto particularmente delicado. La guerra en Ucrania, las tensiones en Oriente Medio, la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, y la fragmentación del sistema multilateral plantean desafíos de enorme magnitud.
A ello se suma la crisis financiera de la ONU, agravada por la negativa de algunos Estados -especialmente Estados Unidos- a cumplir plenamente con sus contribuciones. Esta situación limita la capacidad operativa de la organización y pone en cuestión su eficacia.
En este contexto, el próximo secretario general deberá enfrentarse a varias tareas simultáneas de gran importancia como la reconstrucción de la confianza entre los Estados miembros, el reforzamiento de la relevancia de la ONU como foro de gobernanza global, la gestión de una institución con recursos limitados y expectativas crecientes o la amortiguación de la creciente polarización internacional.
La elección también tendrá una dimensión simbólica. Optar por una mujer, por un representante del Sur Global o por un perfil técnico enviará señales distintas sobre la dirección futura del multilateralismo.
Entre la diplomacia y la supervivencia institucional
Más que nunca, la Secretaría General se sitúa en la intersección entre diplomacia y gestión de crisis. La ONU ya no es el escenario indiscutido de la cooperación internacional, sino un espacio en disputa, condicionado por la competencia entre grandes potencias y la emergencia de nuevos actores.
En este sentido, el próximo secretario general no solo deberá gestionar conflictos, sino también redefinir el papel de la organización en un mundo menos cooperativo. Su éxito dependerá menos de su capacidad para imponer agendas -algo estructuralmente limitado- y más de su habilidad para tejer consensos mínimos en un entorno fragmentado.
La elección, por tanto, no es un mero trámite institucional. Es un termómetro del estado del orden internacional y una prueba de hasta qué punto las potencias están dispuestas -o no- a sostener el multilateralismo.
En definitiva, el relevo en la Secretaría General de la Naciones Unidas será mucho más que un cambio de liderazgo. Será una señal sobre el futuro de la gobernanza global, dictaminando en cierto modo si aún es posible articular respuestas colectivas a desafíos comunes o si, por el contrario, el mundo se encamina hacia una era de competencia sin árbitros eficaces.
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