La pandemia del COVID-19 ha puesto seriamente a prueba a la Unión Europea (UE). Tras un primer momento de desconcierto y descoordinación, no sin pocas discusiones se ha logrado arbitrar una respuesta a la altura del desafío. Y lo que amenazaba con asestar un duro golpe al proyecto europeo, ha actuado como un revulsivo para reivindicar una vez más el valor de la unión. Un grupo de analistas del Instituto Coordenadas de Goibernanza y Economía Aplicada ha examinado cómo la UE está afrontando los retos inmediatos asociados a la pandemia y cómo se diseñan las bases para el futuro de la Unión.

La última década de la UE ha sido especialmente compleja. La convergencia consecutiva de diversas crisis (financiera, de refugiados, el Brexit) y las nuevas tendencias en el sistema internacional hacían temer por su futuro. En este contexto, la pandemia no solo se reveló como una crisis sanitaria de enormes proporciones sino también como un reto de primer orden en el ámbito económico, político y social. Algunos ciudadanos evidenciaron su pérdida de fe en el bloque y aún hoy muchos se preguntan si el coronavirus reforzará finalmente los pilares que sustentan a la UE.

Los analistas del Instituto Coordenadas señalan que la aprobación del Fondo de Recuperación para la pandemia puso de manifiesto las divisiones existentes en el continente, pero también la capacidad de los distintos actores para alcanzar un acuerdo globalmente satisfactorio. Cierto que las desavenencias vienen de lejos y que también hemos podido constatar la insuficiencia del eje franco-alemán para marcar el rumbo de la UE. También se ha logrado superar tópicos, se han aprendido lecciones de anteriores crisis y se ha fortalecido, en suma, el proyecto europeo. Es, por tanto, previsible que las conclusiones de esta coyuntura fortalecerán las propias respuestas de la UE en los dominios en los que se han manifestado grietas, desde la propia gestión coordinada de las pandemias al manejo de las fronteras. La “reestatalización” de algunas competencias (tanto respecto a la UE como en orden a la descentralización interna en cada Estado) no impedirá afianzar a la Unión como garante de la seguridad y la prosperidad a largo plazo. Y esto supone un fuerte caudal político para la supervivencia de Europa como idea y como proyecto compartido.

La UE, entonando el mea culpa por la falta de solidaridad inicial con Italia, ha sabido reaccionar y efectuar valiosas aportaciones a la gestión de la crisis. La debilidad que a muchos dejó sumidos en la perplejidad, se convirtió en un acicate para movilizar a los europeos, plasmándose en una respuesta ambiciosa a la crisis económica que se avecina. Tengamos bien presente las cifras catastróficas que nos adelantó la responsable del Banco Central Europeo, Christine Lagarde: la caída del PIB este año podría oscilar entre el 9% y el 15%.

Para conjurar tal debacle, la decisión de la cumbre europea del pasado 21 de julio es de vital trascendencia para el futuro del proyecto común europeo en un momento histórico en que el auge del populismo y la ralentización del proceso de globalización sugieren importantes cambios en las tendencias geopolíticas que habíamos conocido desde el final de la guerra fría.

El lugar de Europa

No menos importante que las batallas domésticas, para la UE, en este contexto, indican los analistas del Instituto Coordenadas, es de la máxima importancia posicionarse adecuadamente respecto a las tendencias en curso en el sistema internacional. En gran medida ajena a la intensa lucha de poder en ciernes entre EEUU y China, la UE aspira a tener un mayor peso en la política global. Ya con anterioridad a la pandemia, la nueva presidenta de la Comisión, Úrsula von der Leyden, lo explicitó con rotundidad en su programa. Y el español Josep Borrell, como Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, desempeñará en tal sentido una función relevante.

En el puzzle geopolítico post-coronavirus, la UE asume que las grandes potencias fallaron a la hora de cooperar en un asunto de tal importancia. Por tanto, frente a las voces que abogan por el aislacionismo, Bruselas, ante la peor crisis vivida desde la Segunda Guerra Mundial, solo puede apostar por el reforzamiento de la cooperación y el multilateralismo. Sin duda, el establecimiento de equipos conjuntos de trabajo para coordinar las políticas y los suministros de material médico, por ejemplo, hubiera sido mejor respuesta que el sálvese quien pueda impuesto por las circunstancias.

Serán muchos, probablemente, los que presionen a Europa para tomar partido y posicionarse. En los tiempos actuales, esto significa elegir bando entre las dos principales potencias, Estados Unidos y China, que se baten en duelo por la hegemonía en el siglo XXI. La UE, dada su entidad política y económica, bien podría aspirar a decantar la balanza.

Se trata de una decisión fundamental. En términos de valores, no ofrece dudas; sin embargo, un error de juicio en las intenciones reales de China, que niega cualquier propósito hegemónico, puede resultar en otra amenaza de catástrofe económica y social de considerables proporciones. Tomemos a Alemania como ejemplo: su comercio anual con China equivale a unos 200 mil millones de euros de sus 2,4 billones totales. La quiebra de la relación con China supondría un devastador escenario.

Hasta ahora, enfatizan los analistas del Instituto Coordenadas, Europa ha preferido situarse a medio camino entre ambos. No se trata de una equidistancia oportunista sino de reivindicar una autonomía estratégica que rehúya cualquier forma de sumisión. Pero también de establecer las bases de una comunidad de intereses compartidos con ambos socios, reconociendo las diferencias que nos separan. La alianza transatlántica puede y debe seguir siendo un pilar preferente de las relaciones exteriores de la UE, lo cual no obsta para continuar profundizando una relación con el gigante asiático que abra paso a una mayor y verdadera reciprocidad.

Después de la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana (1989-1990), diversos hitos acompañaron la expansión del proyecto europeo como si tratara de una marcha triunfal. Primero llegó el tratado de Maastricht (1992-93), después el euro (2002) y la ampliación hacia el Este (2004-2007). Europa irradiaba optimismo hasta la llegada de la crisis de 2008 que impuso la dinámica contraria mostrando tendencias hacia la fragmentación y el euroescepticismo. El modelo europeo parecía haber tocado techo y su sistema de bienestar, ejemplo para el mundo, hacía aguas.

La historia europea ha sido una historia de largas marchas, dejó escrito George Steiner. Y la historia no es una estupidez. Europa debe ser Europa y poner en valor su genio, su pensamiento y su sensibilidad, concluyen los analistas del Instituto Coordenadas.

SOBRE EL INSTITUTO COORDENADAS DE GOBERNANZA Y ECONOMIA APLICADA

Instituto de pensamiento e investigación de la interacción entre gobernanza y economía aplicada para avanzar en constructivo y en decisivo sobre el trinomio: bienestar social, progreso económico con justicia social y sostenibilidad ambiental; en pleno entorno evolutivo sin precendentes desde finales del Siglo XVIII y principios del XIX con la revolución industrial. Fiel a sus principios fundacionales de independencia, apartidismo y pluralidad, el Instituto lidera proactivamente la fusión entre la esencia y la innovación de la liberalización económica, como mejor modelo de afrontar los retos presentes y futuros de país, de Europa y del mundo.

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